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MUCHO DADÁ

II y III

II

He crecido sin abuelo. Lo cual no tiene nada de raro. No es esa la historia. He crecido creyendo que no tenía abuelo porque había muerto. Hasta hace poco que me he enterado que mi abuelo no había muerto siendo mi madre pequeña, en la guerra, como siempre me habían dicho. De hecho ni siquiera había ido a la guerra, al menos no a la Guerra Civil, ya que de aquella vivía en la ciudad en la que moriría casi cincuenta años después: en París.

Tampoco, pensareis, es algo tan fuera de lo común. Quizás una huída del hogar, un acuerdo en la época en la que no había divorcios, un arrepentimiento en una pareja muy joven para atarse de por vida, un mal hombre, un fallo, todas esas cosas que forman parte de nuestra telenovela social. No, nada de eso. Mis abuelos se amaron toda la vida, ni un solo día pasó, en los 50 años que estuvieron separados, que no pensaran el uno en el otro. Sin rencores, con un amor inquebrantable. Mi abuela criando sola a su hija, trabajando duro, encargándose de todo, sola y enamorada. Mi abuelo viajando por Europa, trabajando duro, escribiendo, luchando por sobrevivir, solo y enamorado.
Cinco veces se vieron en 50 años. Cada 10 años se juntaban de nuevo, se redescubrían, se amaban durante toda una noche y, siempre, a la mañana siguiente, cada uno se iba por su lado para no verse en otros 10 años. Y nunca hubo otro hombre ni otra mujer para ninguno de los dos.15 postales le mandó mi abuelo a mi abuela. Postales extrañas, recortes, fotos sin ningún tipo de sentido, con frases en apariencia absurdas, mensajes que quizás solo ellos dos entendían y que mi abuela guardó hasta el día de su muerte en una caja de latón, en el fondo del armario, junto con una libreta a medio escribir llena de anotaciones y de poemas, escrita por mi abuelo cuando tenía la mitad de la edad que tengo yo ahora. No sé si es bello o monstruoso, en cualquier caso es real.
Mi abuela murió cuando yo tenía 25 años. Tres días estuve velando a su lado por las noches, dándole mi mano cuando me la pedía, cuando despertaba de su lento viaje y abría sus preciosos ojos grises y me miraba y sonreía y me decía algo que generalmente no entendía y yo le decía que sí y nos dábamos la mano antes de que volviera a sumergirse en el sitio del que finalmente, una mañana luminosa, no saldría.
Fue el día de ramos, la flor se decía en nuestro pueblo, una fiesta que conmemora el día que Jesucristo entró en Jerusalén montado en burro y todos los fieles lo recibieron con ramas de hojas de palmera y en la que las gentes de mi tierra ponen en los balcones unos preciosos ramos de flores.
La enterramos al día siguiente y no quise ver su cuerpo en el ataúd. No quise darle un último beso para no recordar su piel fría, para recordarla siempre tan calida como todas las veces que había besado a la mujer más buena que he conocido.
Un mes después llegó la última postal de mi abuelo y, esta sí, la leyó mi madre. Pero no entendió nada hasta que encontró la caja de latón en el fondo del armario. Y entonces gritó, lloró, maldijo. Comprendió.
Sin explicarnos nada a mí ni a mis tres hermanas, ni al resto de la familia, mis padres salieron de viaje, por sorpresa, a París. No nos extraño, incluso nos alegramos de que mi madre se alejara durante unos días de todos esos recuerdos que la llenaban de dolor, de que los dos tuvieran una especie de luna de miel. Lo que no sabíamos es que mi madre no iba a Paris para huir del dolor y de los recuerdos, si no que iba a meterse de lleno, hasta el cuello, en ellos. Mi madre, como mi abuela siempre ha sido muy valiente.
Ni siquiera escribió antes a mi abuelo, ni siquiera intentó contactarlo por teléfono. Simplemente le dijo a mi padre que se iban a Paris una semana y una vez allí se dirigió sin demora a la dirección del remite. Quizás no escribió por miedo a no ser contestada, por miedo de que al delatar que sabía el secreto mi abuelo, su padre, saliera corriendo a cualquier otro sitio, pues si no había querido verla en 50 años, nada indicaba que, precisamente ahora, tuviera ganas de conocerla. Quizás simplemente tubo miedo de que esa persona no fuera quien ella creía, de que simplemente fuera una amigo loco de mi abuela, aunque no sabía que mi abuela tuviera ningún amigo en París, pero la verdad es que, lo que es aun peor, tampoco sabía que tuviera ningún marido en París, y que ese sueño se le esfumara, y se quedara, como temía, definitivamente huérfana.
El caso es que fueron a París. Cuando llegaron ya era de noche y pospusieron la visita para el día siguiente. Aunque esa noche no pudo dormir pensando que haría si el desconocido era quien ella creía, pensando si lo estrangularía allí mismo en un ataque de rabia por tantos años de orfandad injustificada o si, por el contrario, escucharía lo que este hombre tuviera que decirle. Yo estoy seguro, de que en el fondo estaba deseando perdonarlo y traérselo con ella a vivir con nosotros. Volver con un abuelo resucitado, como si en vez de ir a París hubiera ido al infierno en busca de su padre.
Finalmente no fue ni uno ni otro, sino todo a la vez.

III

Él tiene veinticinco años y lleva casado con ella cinco. Sin duda la ama. Sin duda la amo, se dice a si mismo mientras se fuma un cigarrillo en la ventana y la mira dormir tranquila. Sin duda es la mujer que el cielo ha creado a partir de mi costilla, añade mientras apaga el cigarrillo en una copa de champán medio llena que ninguno de los dos se va ya a beber. Luego le da un beso en la mejilla y ella se remueve un poco y sonríe aun dormida. Él siente que tiene ganas de llorar de felicidad y se dice que es extraño, mientras cae la primera lágrima por su mejilla, que es raro este mundo, que no tendría que ser posible llorar de alegría, que no tiene sentido que la felicidad y la tristeza estén cogidas de la mano. Luego cierra las contraventanas para que las primeras luces de la mañana no la despierten, se pone la chaqueta y sale de la habitación. Él no sabe que esa noche han creado a su primera y única hija, a mi madre, que han engendrado el futuro.

4 comentarios

alondra -

me gustaria saber mas de jesus me gustaria que me ayuden

odyseo -

Aunque se te dan muy bien ambas cosas (lo del surrealismo), el realismo ¿mágico? lo bordas. Bonita historia.

Saludos

Tristán Fagot -

:-D
gracias

KENDRA -

:O.
Me encanta.