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MUCHO DADÁ

XII

Brisa fresca en su cara. Brisa que entra por el balcón que está abierto de par a par. Brisa fresca como si se hubiera zambullido de lleno en una piscina de nubes. Él no quiere abrir aun los ojos y se queda escuchando los ruidos provenientes de la calle. Unos pocos coches, el ruido de una gran ciudad como ya era de aquella París, ese ruido grave, y que, sobre todo por la noche, no molesta, mezcla de todo el resto de ruidos, que oscila, va y viene y que siempre le ha recordado a las noches pasadas cuando era pequeño, en la casa de sus padres, frente al mar. Únicamente alguna bocina, y un niño vendedor de periódicos que grita todo el rato “¡Gandhi calienta la india con su marcha de la sal y Marlene Dietrich Alemania con sus curvas!”, le recuerdan que si mirara por al ventana no vería una playa y un horizonte infinito, que los ruidos que escucha en la habitación no son los de su madre que viene a despertarlo con beso.
¿Cuánto ha dormido? Supone que poco, tiene que seguir siendo muy de mañana. La misma mañana de hace unas horas, cuando estuvo en esa cafetería y se le descontrolaron los pensamientos. Aunque quizás hubiera sido todo un mal sueño. En fin, fue feo y seguro que ahora todo es bello. Hora de abrir los ojos.
Se queda deslumbrado. Por la luz que entra a raudales y por la mujer que lo mira sonriente. Quizás este muerto y esto sea el cielo, se dice a si mismo para inmediatamente rechazar tan manido tópico. Quizás no haya muerto y esto sea el cielo. Se le acerca la mujer y le da un beso que sabe a fruta fresca. Quizás haya estado muerto hasta este momento y esto es el cielo que esperaba, donde las mujeres a las que uno ama siempre saben a fruta fresca. Ella se acomoda, sentada a su lado, y sigue mirando, sonriente, su lento despertar. Él, a su vez, la mira a ella, a través de las rendijas que aun son sus ojos. Un vestido blanco, liso, que brilla con la luz de tal manera que le hacen pensar si no será ella la que lo ilumina todo. Sus ojos, tan grandes y negros, que también relucen y sonríen como si supieran algo que nadie más sabe. Su boca, que tantas veces a besado y espera seguir besando. Todo es luz y sonrisa en ella. Sí, es el cielo y me he salvado.
-Despierta, precioso, parece increíble lo que te cuesta despertar. Tenemos muchas cosas que hacer y mucho que querernos-dice ella, pletórica, casi sin mover la boca, como si se lo dijera con la mente.
Él sonríe. No dice nada. Sigue mirándola Claro que quiere quererla. No quiere hacer otra cosa. No soportaría quererla menos ni un solo segundo.
-Veenga, perezoso, que ya es muy tarde - y lo abraza, se tira encima suyo, entre risas, le hace cosquillas- Arriba, dormilón, no hemos venido hasta aquí para dormir
Ella huele a la colonia de naranja que él le regaló en su primera cita. A él le apetece morderla. Cierra los ojos, feliz, mientras ella lo abraza. Ella se incorpora.
-¡Venga! ¡ya está bien! ¿No quieres levantarte y venir a desayunar conmigo? ¿O es que ya te has arrepentido de casarte conmigo y prefieres dormir toda la vida, hasta que seas muy viejito para que no te dé la paliza?- Pone cara de dolida mientras dice esto, como una niña pequeña que dice algo para que le digan lo contrario.
Sí, es verdad, se ha casado con ella. Aun no se ha acostumbrado a ser marido de nadie. . No se ha hecho a la idea de que él pueda merecerse algo tan bueno. Siempre había pensado que las mujeres como ella eran para los otros, para los ángeles.
-Por supuesto que no me he arrepentido, de hecho es la única cosa que he hecho en mi vida, el resto han sido tonterías. Solo esto cuenta, Contigo empiezo a vivir- se sorprende a si mismo diciendo estas palabras, pero no por las palabras en sí, tan en su línea de poeta aficionado, sino por el tono, agrio y dolido, cuando quería ser jocoso y enamorado. Ella no parece darle importancia y se vuelve a tirar encima de él.
-¡Lo sabía! ¡Incluso con el mal humor que tienes por las mañanas me quieres!
Sí, claro que la quiere. Más que a si mismo, lo cual no es mucho. Más que al resto del mundo, lo cual no es mucho Más que a la vida, lo cual no es mucho. Más que al universo, lo cual no es mucho. Más que a Dios, lo cual no es mucho.

2 comentarios

Charles Ryder -

Era yo el de antes, pero con la puta protección anti-spam de la O.K. Computer, Master Computer, el vació cósmico engulló mi heterónimo anglófilo.
También se comió lo del páramo wagneriano. Pársifal y toda esa mierda.
Vos ya sabés.
The first of the children...
The first of the...
The first of...
The first...

Post Scriptum:
Me ha vuelto ha pasar, y no recuerdo muy bien mi despedida, así que mejor me despido de la manera más confusa posible. He descubierto que Julien Gracq ejerció de anfitrión de Jünger en su refugio de la ribera del Loira. Dios los cría.
He descubierto muchas y variadas cosas, como un epitafio que nos convendría a ambos ("Sorprendente para un hombre que fumaba tanto"). Pero esa es otra historia.
Y tanto:
Sebastian, siempre Sebastian, pero los fines de semana abandonamos el catolicismo y el alcohol.

Anónimo -

Terriblemente desolado, este lugar. Una lástima. Esperamos.
1=2
I hope you are O.K.